lunes, 8 de junio de 2009

La eco-innovación, ¿tractor de un nuevo modelo?

En los últimos quince años la eco-innovación, o también llamada innovación para la sostenibilidad, ha tomado una creciente relevancia como un nuevo ámbito de análisis y de intervención política. En este artículo queremos llamar precisamente la atención sobre la oportunidad que presenta este tipo de innovación ya no sólo como clave para afrontar algunos de los retos más importantes que tienen en el presente las economías mundiales en relación al medio ambiente (calentamiento global, contaminación atmosférica, acidificación o la ocupación del suelo) sino como elemento tractor de la competitividad de las empresas e incluso, aún más, del surgimiento de un posible nuevo modelo productivo basado en la sostenibilidad.

La eco-innovación surge de la confluencia de las Teorías de la Economía Medioambiental y de la Innovación. Desde el lado medio-ambiental especialmente se hace hincapié en los límites que presenta el actual modelo productivo y de consumo para empezar por los efectos perversos que supuestamente muchas de las prácticas de nuestro sistema de vida actual pueden provocar sobre la salud humana y el equilibrio natural. La economía medioambiental subraya, además, la necesidad de incorporar los costes externos del impacto medioambiental en nuestras cuentas económicas (veáse el informe Stern) y, más aún, de ser conscientes de las posibles limitaciones que los recursos naturales presentan para su explotación como materia prima y energética de nuestro sistema.

Una de las primeras definiciones de la eco-innovación alude a aquellos nuevos productos y procesos que proveen al cliente y a la empresa valor añadido a la vez que reducen de forma significativa los impactos medio-ambientales (Fussler y James, 1997). Posteriormente, se han desarrollado definiciones más complejas que persiguen alcanzar, además, la eficiencia, principalmente, de los recursos materiales y energéticos de los procesos y productos objeto de la innovación. En los últimos años, la eco-eficiencia ha adquirido una importante relevancia derivada de su íntima ligazón con las problemáticas del cambio climático y la economía baja en carbono, llegándose incorrectamente a identificar por algunos con la misma eco-innovación. También hay que indicar que aunque las tecnologías medio-ambientales y eficientes contribuyen a optimizar las prácticas actuales de las empresas y del tejido productivo en su conjunto, no parece que estén consiguiendo de momento aminorar de forma drástica los problemas medioambientales y de sostenibilidad que se pretenden solventar.

Por ello muchos medioambientalistas consideran irrevocable la necesidad de generar transiciones hacia la sostenibilidad desde los sistemas funcionales básicos de nuestra sociedad -tales como el transporte, la construcción o la energía-. La formulación de estrategias de cambio de carácter no sólo incremental sino también radical en las distintas áreas del sistema representa, según esta aproximación, la base para asegurar el desarrollo de una verdadera transición del sistema a largo plazo.

Independientemente de las limitaciones que puede comportar todavía hoy este tipo de innovación, lo cierto es que en algunos terrenos sus resultados vienen siendo positivos y esperanzadores, como es el caso de la llamada eco-industria en general, y del sector de las energías renovables en particular. Según un estudio realizado recientemente por el Gobierno británico, el valor del mercado a nivel mundial alcanzado por la suma de los sectores relativos al medio ambiente, a las energías renovables y las llamadas tecnologías bajas en carbono ascendía a alrededor de 3.000 billones de libras esterlinas (3.430 billones de euros) en el período 2007-2008. Sobresale el caso del sector de las energías renovables, tanto en Europa como en Estados Unidos, ya que es considerado cada vez más como un baluarte para la generación empleo y competitividad. De hecho, se prevé que genere para 2020 en Europa unos dos millones de empleos, una cifra algo menor a la estimada para EE UU en las mismas fechas.

Hay quienes se aventuran en ver en este conjunto de sectores no sólo una mera fuente de empleo y de mayor riqueza, sino un auténtico liderazgo en cuanto a que pueden ser capaces de generar un cambio estructural en el conjunto del tejido industrial y productivo actual. De hecho hay quienes postulan bajo distintos términos tales como el de la revolución de la energía verde o la también llamada de la tecnología energética, la instauración de un cambio en las bases energéticas de la economía, tal como acaeció en anteriores revoluciones industriales, con el desarrollo del carbón como fuente energética y la posterior introducción del petróleo y la electricidad. Así pues, al parecer existen indicios de que junto al desarrollo de la economía del conocimiento y el de las tecnologías de la información, la innovación para la sostenibilidad puede contribuir a una nueva restructuración del sistema productivo y de consumo imperantes desde hace, cuando menos, 50 años, en Occidente.

Independientemente del grado de magnitud que alcance finalmente la eco-innovación, lo cierto es que nadie puede negar el protagonismo creciente que están tomando los gobiernos en esta materia. A nivel internacional sobresalen la suscripción de acuerdos entre Estados en el terreno medioambiental y energético que, queramos o no, afectan cada vez más en el devenir de la innovación y la competitividad de las empresas. Asimismo, por la influencia de la sostenibilidad las políticas de innovación se hacen más complejas, integrando los distintos ámbitos de la innovación (I+D, transferencia y difusión, entre otros) con otros menos habituales como la educación, la formación y el empleo.

Aunque pecaríamos muy probablemente de excesivamente osados si viésemos en la eco-innovación uno de los iconos de la Tercera Revolución Industrial, sí que al menos nos atrevemos a considerarla como una fuerza que permita aumentar por una parte la productividad de los recursos de nuestro sistema actual industrial y productivo. Asimismo, desde nuestra perspectiva, la eco-innovación también puede actuar como revulsivo para ir trabajando en pro de la generación y adopción de innovaciones en distintos ámbitos científico-tecnológicos relacionados con la sostenibilidad, tales como el de los nanomateriales, las energías renovables, la ecología industrial o la biomimética, entre otros. Obviamente, como ya se ha expresado anteriormente, el diseño de políticas de innovación cada vez más inteligentes será clave para ayudar a nuestro sistema productivo y a la región vasca en su conjunto a hacer la transición hacia la sostenibilidad, y aún cuando menos, a capear mejor el proceso de recesión en el que nos encontramos ya inmersos. Y parafraseando a un eminente catedrático alemán experto en esta materia, «siento mucho si todo esto resulta complicado».
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