miércoles, 18 de febrero de 2015

Personal y transferible

Vivimos en un mundo de marcas. Es francamente difícil ser anti marquista; posiblemente estés leyendo estas líneas desde un HP, o un Mac, o un Assus, o un Samsung, un HTC, un iPad... Tal vez lo hayas impreso con una impresora Ricoh, o Canon o Minolta. 

Hemos llegado al punto de ser marquistas con marcas blancas: “Yo sólo compro el champú anti caspa de Mercadona”. ¿Qué?, ¿Es que Mercadona no es una marca? ¿Y Zara? ¿Y El Corte Inglés? ¿Y Carrefour? ¿Y Sainsbury’s? ¿Y Tesco? ¿Y Wal-Mart? ¿Y Falabella? Si asumimos este irremediable carácter marquista de la sociedad en que vivimos nos tendremos que preguntar si nosotros mismos somos en realidad marcas. ¿Por qué no? ¿Suena mal? ¿No es una marca una propuesta de valor? ¿Y tú, no ofreces una propuesta de valor? 

Nos guste o no, detrás nuestro hay una marca personal, una propuesta de valor que bien trabajada puede llegar a ser única, relevante, notoria, atractiva, eficaz... tanto en el campo personal como en el profesional. Esa música suena bien, pero elaborar la partitura lleva tiempo. Las marcas compiten. Es inevitable. Cuando elegimos una marca o un modelo de televisor antes hemos analizado varios modelos y marcas de la competencia. Algo nos lleva a la elección final. No siempre es el precio. No siempre son las prestaciones. A menudo es la empatía que sentimos con la marca lo que nos convence. A menudo es una suma de factores. 

Con las personas pasa lo mismo. Competimos constantemente. A veces, inconscientemente. Y no siempre salimos bien parados de estos procesos de selección. La crisis económica que vivimos desde hace unos años nos ha enseñado que ya nada volverá a ser igual: los procesos de cambio y evolución constante serán parte de la identidad de las marcas. ¿Dejar huella o pasar desapercibido? En un mundo de 7.000 millones de personas, diferenciarse no es una opción, es una necesidad. Si quieres dejar huella, te invitamos a seguir leyendo.

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